Ese anciano no siempre fue anciano. Una vez saltó sobre el tejado, y nadó mil yardas, y se arrepintió de no tener tiempo. Ahora es un anciano, sentado en su sillón, con los labios cerrados y los ojos abiertos, detenido en una pequeña araña en la esquina, que sube y baja sobre su cordel. Si pudiera levantarse, correría hasta ella para aplastarla con los dedos.
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