Un joven lleva la boca abierta y camina zigzagueante. Hace lo posible por llamar la atención, por demostrar que existe, por creérselo. Ayer supo que también ella se había marchado, a las incógnitas tierras de fotos y postales, y en algún rincón del cuerpo, sin que la aduana lo detectara ni lo descubrieran los censores, llevaba un pedazo de sí. Este joven se ha ido marchando de poco en poco, de mujer en mujer, de amigo en amigo. Acá queda sólo una parte del cuerpo, y las mismas interrogantes de antes, cuando una isla aún nos bastaba por todo mundo.
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