UNA TARDE

Una tarde mi reloj se empezó a atrasar. Le cambié la pila, lo mostré a varios relojeros y todos dijeron lo mismo, su reloj está perfecto, pero se le ha encariñado. No seguro de haber entendido, llevé mi reloj a un psicólogo y él me explicó, su reloj ha creado una dependencia emocional, y ahora no sólo se atrasa, sino se adelanta, cuando usted no tiene tiempo de echarle un vistazo. Aquello terminó por sensibilizarme y compré otro reloj más objetivo. Desde entonces, los llevo a ambos conmigo, y tras coordinados cálculos obtengo el intervalo más probable de mi propio tiempo. Si me confundo, pregunto a los demás. Así he hecho, hasta hoy, que mis dos relojes se han detenido a la vez. Uno de modo impasible, y el otro con una evidente expresión de lástima.

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